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TESTIMONIO

Me cansé de escuchar: “Relájate, y va a llegar"

02 de Diciembre de 2024

Me cansé de escuchar: “Relájate, y va a llegar… yo tengo una amiga que cuando se relajó…” Esa frase maldita. Muchas mujeres creen que ayudan con esos comentarios, pero lo que realmente necesitamos es alguien que nos escuche, que nos invite a tomar un café para desahogarnos. Perdí varias amigas porque insistieron con esa frase.

Conocí a mi marido hace 26 años, y al principio me caía pésimo. Fue en una conversación sobre nuestros sueños cuando descubrimos que ambos queríamos una casa llena de hijos. Esa charla lo cambió todo, y desde entonces han pasado 18 años.

Decidimos empezar rápido. Dejé las pastillas al mes de pololeo. Pero nada. Pasó un año, luego dos, y nos recomendaron buscar ayuda. Empezamos con tratamientos de fertilidad de baja complejidad: estimulación ovárica, inseminaciones… Perdí la cuenta, pero hicimos más de 15 ciclos sin éxito. Lloraba a escondidas para no mostrarme débil porque me sentía frágil.

Entonces dimos un paso más. Intentamos con FIV (fertilización in vitro), y por primera vez quedé embarazada. Mi Gabriel estuvo conmigo por cuatro meses antes de que lo perdiera. Fue devastador.

Soy porfiada, y no me rendí. Tuve tres embarazos más, pero tampoco siguieron. Entonces exploramos la adopción. Fue un proceso que nos rompió por dentro: meses de espera, incertidumbre y muchas lágrimas.

Finalmente, con toda la información en mano y nuestros miedos a cuestas, volvimos a los tratamientos. Había algo que me daba pudor reconocer hasta ese punto: yo soñaba con la experiencia completa de ser madre. Sentía que al no querer seguir con el proceso de adopción, mis ganas eran menos válidas o que mi deseo de ser mamá era más egoísta. Hoy entiendo que no era nada de eso, que querer vivir el embarazo es profundamente humano y válido.

El camino no fue fácil. Por mi insistencia descubrimos que tenía endometriosis profunda y trombofilia. Me convertí en una paciente “difícil”, pero eso me ayudó a empoderarme. Nunca me relajé; fui porfiada y no dejé de buscar respuestas. Así que, decidida, optamos por un nuevo ciclo de FIV, esta vez con ovodonación porque ya tenía 44 años.

Recuerdo el día en que no pude esperar los 15 días para el resultado. Me hice un test y salió positivo. No lo creía, así que repetí la prueba cuatro veces más. Todas positivas.

Después de un embarazo complicado, casi postrada, nació mi Renato. Todavía lo miro y lloro. Hubo momentos oscuros, como el incidente en una clínica donde un médico subestimó una hemorragia que terminó dejándome anémica. Pero con la endometriosis y la trombofilia controladas, y un tratamiento bien planificado, Renato llegó al mundo en la semana 37. Fue un campeón.

Hoy miro a mi hijo y sé que todo valió la pena. Mi historia no es corta ni simple, pero espero que inspire a quienes están en este camino. Se puede. Hay que escucharse, entenderse y, sobre todo, no rendirse.

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